Del temblor al arte

M.N.U. Víctor M. Mendoza García

Con el trabajo en conjunto del colectivo URBARTE y la Casa de la Ciudad, se inauguró el 20 de septiembre en la sala de exposiciones de la Casa de la Ciudad la exposición colectiva “Del temblor al arte”.

El 7 y 19 de septiembre ocurrieron dos fenómenos naturales que serán recordados como dos de las catástrofes naturales más devastadoras de nuestro país y nuestro estado de Oaxaca, cuando la tierra tembló, las ciudades se estremecieron y miles de familias oaxaqueñas se vieron afectadas materialmente, sin embargo,  el alcance de estos fenómenos fue más allá del patrimonio tangible, pues se creó una grieta en la inteligencia emocional de todos aquellos que con horror observaban impotentemente cómo una sociedad era destruida y reducida a escombros llevándose así su identidad, sus tradiciones y sus costumbres.

Ante esta situación, la Fundación Alfredo Harp Helú sabe de la importancia de apoyar en la recuperación de la vida comunitaria, pues coincidimos en la necesidad de reconstruir no solo el patrimonio urbano-arquitectónico sino los lazos sociales que refuerzan la vida en comunidad y que le dan identidad y sentido de pertenencia a una ciudad. “Del temblor al arte” es una narrativa que recopila el trabajo artístico y social (fotografías, escaneos, o cualquier material de evidencia) que se ha realizado después de haber transcurrido dos años de los sismos que golpearon distintas zonas del Istmo en el estado de Oaxaca.

El principal objetivo de la iniciativa es concentrar en un punto la evidencia física del trabajo de artistas y voluntarios que de manera espontánea acudieron a las poblaciones afectadas para colaborar en su reconstrucción tangible e intangible. El arte es una herramienta imprescindible para la reconstrucción emocional de comunidades que atraviesan un momento de estrés postraumático, y mediante la apertura de la exposición y la publicación de un catálogo que la acompañe deseamos resaltar el valor del trabajo para continuar contribuyendo al bienestar de los vecinos en el Istmo de Tehuantepec.

En palabras de Antonio Moya Latorre y Daniela Jara Carrasco (integrantes y fundadores de URBARTE), esta exposición reivindica una vez más que el Istmo de Tehuantepec y las demás regiones afectadas por los sismos, son comunidades donde la resiliencia se da de una forma natural por los valores sobre los que están construidas y la fuerza milenaria de su cultura.

Arte y reconstrucción: el trauma urbano como oportunidad

Arq. Antonio Moya-Latorre/MIT COLAB

La noche cuando la tierra se estremeció, el 7 de septiembre de 2017, pude sentir como la sacudida me afectaba emocionalmente, a pesar de la distancia. Por entonces me encontraba estudiando la maestría de planificación urbana en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, a donde había llegado hacía apenas un mes con la intención de estudiar la relación entre arte, cultura y urbanismo comunitario-temas en los que llevaba trabajando varios años como arquitecto y músico.

Mi sorpresa fue enorme al comprobar la masiva respuesta de la comunidad artística del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca y México al sismo del 7 de septiembre y al que le siguió pocos días después y que afectó, sobre todo, a la capital mexicana. En medio del caos y la confusión, acentuados por la falta de planes de contingencia para atender a las comunidades que se habían visto terriblemente afectadas, los artistas habían reaccionado inmediatamente para atender las necesidades más urgentes de sus vecinos y compatriotas. Comprendí entonces que el proceso de reconstrucción física del Istmo (que intuía iba a ser lento, irregular y con muchas deficiencias) iba a necesitar se acompañado de un profundo trabajo de reconstrucción emocional.

Durante la primavera de 2018, tuve ocasión de investigar con algo más de rigor en qué estaban consistiendo las respuestas artísticas a los dos sismos de septiembre. La doctora Diane Davis, profesora de urbanismo en la escuela de diseño de Harvard y experta en historia y política mexicanas, había organizado n seminario titulado “más allá de la reconstrucción”, era significativo. ¿Se podía aprovechar la ocasión para reflexionar sobre como comunidades como la istmeña podían no solo ser físicamente reconstruidas, sino incluso salir culturalmente favorecidas tras eventos tan traumáticos como los sismos?

Poco antes de tomar el seminario (que iba a durar varios meses), había estado estudiando al pedagogo brasileño del siglo XX Paulo Freire. En su obra seminal de 1968 “Pedagogía del Oprimido”, Freire acuña el término de la conscientização como una necesidad de primera magnitud para liberar a las comunidades más vulnerables de los sistemas de poder de los que dependen y poder determinar su propio futuro. Así, la conscientização es el acto de nombrar aquella realidad que nos rodea, y en particular los problemas y desafíos a los que debemos enfrentarnos para poder construir las vidas que cada uno de nosotros deseamos y merecemos. Solo entendiendo y nombrando la realidad que nos rodea y nos subyuga podemos aspirar a diseñar vidas verdaderamente significativas.

Fue durante este seminario cuando empecé a relacionar el concepto de conscientização con el papel de los artistas en la reconstrucción emocional y el fortalecimiento cultural del Istmo de Tehuantepec. ¿De qué manera estaba el are contribuyendo no solo a sanar a la comunidad, sino a visibilizar y dar valor a la cultura istmeña? Así, terminé elaborando para el seminario un catálogo de arte en el que recogía las respuestas artísticas más significativas a los sismos junto a un análisis de las narrativas alternativas sobre la construcción que el arte estaba contribuyendo a escribir.

A pesar de que quedé satisfecho con el proyecto, sentía que en el modelo teórico faltaba todavía una pieza: arte y conscientização eran elementos necesarios, pero no suficientes, para desencadenar procesos de transformación cultural que fortalecieran a comunidades afectadas por eventos traumáticos como los sismos. La evidencia indicaba que no bastaba con visibilizar la cultura y nombrar los desafíos, sino que los cambios más profundos vienen de un aumento de las capacidades de las comunidades más vulnerables.

El “enfoque basado en las capacidades” es una teoría de desarrollo propuesta en primer lugar por el economista indio Amartya Sen. En su ensayo de 1999 “desarrollo como libertad”, Sen propone que los planes de desarrollo para las comunidades más vulnerables se centren en expandir las capacidades individuales y colectivas para dotar a los miembros de la comunidad de las herramientas necesarias para construir “las vidas que tienen motivos para valorar.” El enfoque basado en las capacidades, el concepto de conscientização y el papel del arte como lenguaje para articular cambios constituían, a mi parecer, una poderosa tríada conceptual que se podía aplicar al urbanismo comunitario.

Durante el verano de 2018 tuve ocasión de combinar en un proyecto práctico los tres elementos. Como parte de la maestría de planificación urbana, pasé dos meses trabajando en la favela Jardim Colombo, en Sao Paulo. Se trataba de una comunidad altamente informal que estaba lidiando con la presencia de un gigantesco vertedero de escombros en medio de su vecindario y que los líderes comunitarios deseaban transformar en un parque.

Convencidos de que podíamos aprovechar la presencia de un elemento tan traumático como el vertedero, propusimos celebrar un festival de arte y participación ciudadana sobre el vertedero que funcionara como proyecto desencadenante de la transformación del futuro parque. En dos meses, se desarrollaron las capacidades necesarias entre los miembros de la comunidad y los colaboradores externos para organizar el festival; se generó conciencia sobre la importancia de mantener limpio y cuidar el futuro parque, y se aprovechó el potencial del arte para generar un gran día de celebración comunitaria que supusiera el inicio de un proceso de cambio profundo.

El proyecto no solo fue un éxito, sino que, como habíamos anticipado, se convirtió en la primera piedra de un largo y complejo proceso de transformación que iba a revolucionar a la comunidad e Jardim Colombo. La autoconstrucción del parque acababa de comenzar, y la comunidad programó eventos mensuales en este espacio para mantenerlo vivo e involucrar a un mayor número de vecinos cada vez.  En julio de 2019 se celebró la segunda edición del festival, y todo apunta a que el proceso va a continuar activo hasta que el parque esté terminado- y más allá. En mi tesis de maestría reflexioné sobre la experiencia en Jardim Colombo. Titulada “El ciclo desencadenante” (2019), mi tesis es una teorización sobre cómo proyectos que fomenten la conscientização, el desarrollo de capacidades y que hacen uso del arte aspiran a transformar en profundidad a comunidades vulnerables y a fortalecer su cultura. En particular, razono sobre cómo es posible aprovechar momentos traumáticos para desencadenar tales procesos.

De ahí el título de este ensayo, “el trauma urbano como oportunidad” es, en cierto modo, muy similar al título del seminario en el que participé. ¿Podemos hacer un esfuerzo para responder a los sismos que afectaron al Istmo de Tehuantepec “más allá de la reconstrucción”? En lugar de tratar de recuperar indiscriminadamente aquello que existía antes de los temblores, ¿cómo podemos generar procesos colectivos que den lugar a una comunidad más fuerte, más justa y mejor preparada para construir el futuro que desean?

El papel del arte es fundamental si queremos aspirar a que las comunidades del Istmo afectadas por los temblores de 2017, así como otras poblaciones que igualmente sufren traumas urbanos, salgan fortalecidas del dolor. Reconstruir no consiste solo en volver a erigir, físicamente aquello que ya existía, sino también en dotar de las herramientas psicológicas y emocionales que una comunidad necesita para salir adelante.

Mi apuesta es por un urbanismo que sirva para desencadenar procesos de transformaciones culturales profundas más allá de lo inmediato y lo obvio. Centrada en expandir la conscientización y las capacidades de comunidades atravesando momentos traumáticos, la planificación urbana es una poderos herramienta para construir un mundo más equitativo y de gran diversidad cultural y social en el que cada individuo y cada comunidad aspiren a vivir vidas plenas. 

Ciudades incluyentes y derecho a la misma

Mtro. Alejandro Hurtado Farfán

La percepción del ambiente es algo tan diferente para cada ser humano, dentro tenemos una serie de características que van desde lo económico, social, familiar, todas las experiencias vividas desde nuestra niñez. Tan pasivas o alocadas como una obra de Peter Kogler en las habitaciones del vértigo. Percibir el ambiente en las ciudades es toda una experiencia plena de gozos y sin sabores. Pero al final lo tenemos que hacer es obligatorio.

Una ciudad mal diseñada es excluyente, el espacio público y la arquitectura deben ser pensados para todos, no tenemos que pensar en espacios “especiales”.

“Igualdad y equidad son términos muy cercanos. Tanto que muchas veces se usan indistintamente. No obstante, este uso es incorrecto. Igualdad hace referencia al trato o las condiciones iguales para todos. La igualdad se trata de pedir o dar exactamente lo mismo a todas las personas, sean o no iguales. Esto muchas veces genera situaciones injustas para alguna de las partes involucradas. La equidad, por otra parte, busca que exista justicia dentro de la igualdad, por decirlo así. Por ejemplo, si se implementa la igualdad entre todos los componentes de una sociedad se estaría hablando de una sociedad injusta. Esto debido a que no se estarían tomando en cuenta las diferentes capacidades de cada uno de sus miembros. La equidad, por lo tanto, supone un trato desigual entre desiguales que garantice condiciones más justas para todos.”

La ciudad inclusiva promueve el crecimiento con equidad. En la ciudad inclusiva todos sus habitantes, independientemente de sus posibilidades económicas, género, raza, etnia o religión, se encuentran habilitados y facultados para aprovechar plenamente las oportunidades sociales, económicas y políticas que dicha urbe ofrece. La ciudad inclusiva garantiza, de una forma u otra, el derecho a la ciudad. Este derecho es interdependiente de todos los derechos reconocidos y concebidos integralmente, y por lo tanto incluye todos los derechos civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales, que ya están reglamentados en los tratados internacionales de derechos humanos. El derecho a la ciudad no es un derecho más; es la materialización en el espacio urbano de los derechos existentes. Es, como sugiere David Harvey, uno de los teóricos más reconocidos en este campo, una especie de “Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Ciudad”.

Racismo e ignorancia, son puntos medulares en la exclusión y discriminación, así mismo tenemos grupos vulnerables muy marcados que pareciera no tienen el derecho a la ciudad:

  • Discapacitados motrices y sensoriales
  • Comunidad LGTB
  • Adultos mayores
  • Gente en situación de calle
  • Comunidad indígena
  • Comunidad migrante

En el tema del racismo y la ignorancia en muchas ciudades latinoamericanas se hace presente, incluso con un tema de doble moral donde el visitante o migrante extranjero tiene una aceptación diferente dependiendo su nacionalidad, no es el mismo trato para un europeo que para un centro americano.

Somos muy ricos culturalmente con nuestros pueblos originales, pero la ola de complejos e ignorancia por ciertos grupos en las ciudades hacen de ellos comunidades vulnerables que no tienen el mismo derecho a la ciudad.

Uno de los principales problemas de los malos servicios públicos que tenemos, transporte, espacio público, y servicios en general, es el fenómeno de la no participación y exigencia de espacios de calidad. Es la domesticación, somos parte de una sociedad domesticada, donde la apatía es parte central del actuar de muchos ciudadanos. Los procesos de territorialización se dan en gran medida por esta actitud, las transformaciones urbanas son necesarias, pero de nosotros depende si ser espectadores de quien toma las decisiones, o involucrarnos y ser parte de los cambios para apropiarnos e integrarnos a los nuevos proyectos de estos espacios, sean nuevos, transformados, públicos o público – privados, donde exista un máximo de libertad acotada por normas elementales de convivencia.

La inclusión no llega sola se realiza y mantiene, los fenómenos de socialización están cambiando las nuevas tecnologías están construyendo una etapa diferente de comunicación, las redes sociales y el uso de dispositivos electrónicos y el cambio de paradigma social dentro de las familias están provocando que dicho cambio no sea del todo positivo. Ciertamente el fenómeno económico también es un detonador de desigualdad y equidad, la urbanización del territorio presenta calidad diferente en el mobiliario y equipamiento dependiendo la economía local de cada uno de estos asentamientos.

Una de las claves son Futuro y participación, y como dice Italo Rota:

Cada proyecto legado entre otras cosas a la energía toca el tema del futuro colectivo e individual de manera fuerte y obsesiva, caracterizando las protestas contra proyectos que se teme puedan tener efectos negativos en el territorio en el cual se realizarán, por ejemplo, las centrales eléctricas y similares. 

Proyectos complejos con muchas implicaciones que los ciudadanos comunes no alcanzan a comprender e individuar como elementos de interferencia en la estrecha relación entre lugar y futuro. Muy seguido los ciudadanos reconocen estos proyectos como necesarios, que pueden ser posibles, pero contemporáneamente no los aceptan en el propio territorio a causa de las eventuales contra indicaciones en el cambio sobre el ambiente local. La innovación, estar en grado de sugerir modelos de desarrollo adecuados a los temas de las diversas exigencias humanas y naturales en los cuales se tendrá que profundizar. De esta manera lograr ciudades incluyentes nos deben llevar a superarnos día a día, pero hablamos solo del diseño de proyectos urbanos incluyentes, ante todo tener una sociedad participativa, equitativa que comprenda y entienda que el bien colectivo esta primero que el individual.

Ir al cine

Josué Salvador Vásquez Arellanes

Creíamos que perdíamos el tiempo, y sin embargo el cine y las idas al ídem son para mi generación, el único nexo, la memoria común, la división de clases y la fuente de ilustración más poderosa que tuvimos.

– Jorge Ibargüengoitia

Ir al cine fue una charla que tuvo lugar el jueves 4 de abril en el marco del primer Foro Cinematográfico organizado por la Casa de la Ciudad, con el fin de vincular el cinecon la Arquitectura desde diversos puntos de vista. Uno de ellos fue abordarlo como espacio público y un ente urbano que va de la mano de los espectadores y claro, de las y los ciudadanos.

Para tal fin se expusieron algunos de los tópicos del libro Ir al cine: antropología de los públicos, la ciudad y las pantallas, de la investigadora Ana Rosas Mantecón, editado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y que en sus 313 páginas, expone cómo se ha modificado nuestra manera de ver del películas no sólo a partir de los avances tecnológicos, sino de las distintas formas en que habitamos el espacio urbano y que compartimos con los demás; todo en por lo menos un siglo de existencia del cine. Y es que hoy en día ¿qué es un cinéfilo? ¿El que va a la sala de cine o el que ve en el transporte público una película en su celular?

La Época de Oro del cine mexicano no sólo fue el boom de las películas nacionales, sino también el de un público muy diverso, donde ir al cine estaba en el cotidiano de los urbanitas, tanto que las salas de cine de la Ciudad de México son ya legendarias por su arquitectura como por el número de espectadores que llegaban a albergar, quienes al estar sentados los unos con los otros, muchas veces desconocidos, tuvieron que aprender a tolerar la diversidad. Catedrales de exhibición cinematográfica que hicieron del espacio público lugares laicos donde se veían películas  de manera cuasi religiosa, haciendo de la experiencia del cine una nueva sacralidad, y de la que sobrevive no sólo una memoria gráfica (folletos, carteles, revistas, fotografías), sino también un peso simbólico en la memoria individual y colectiva de quienes alguna vez hicieron fila, esperaron en el lobby y se sentaron en alguna luneta o palco de aquellos cines. 

Todas y todos tenemos una historia personal a través del cine, es una de las maneras en las que nos relacionamos con los otros y con la ciudad. Y no es que Netflix sea el enemigo del cine, sólo vino a reconfigurar la dinámica del público con la manera de acceder a las películas, algo que viene sucediendo desde la aparición de la TV en los 70´s, con el video en los 80´s y hoy en día con el internet y las plataformas digitales. Así que no hay una forma purista de ver cine, sino más bien el cinéfilo del siglo XXI tiene la posibilidad de convertirse en lo que yo llamo un Cinéfago(a): un consumidor omnívoro de contenidos audiovisuales nutrido por una dieta que conlleva poder ver películas en salas de cine comercial o circuitos alternos, cineclubs (algunos instalados en espacios culturales y otros más underground), en DVDs (originales o clones), en plataformas digitales (de cobro o gratuitas), etcétera; ya sea en pantallas grandes o no tan grandes como las de la TV o de cualquier otros dispositivo.

México ocupa el 4º lugar mundial en infraestructura de exhibición  y mercado cinematográfico, sin embrago los complejos de multisalas están concentrados en las capitales de los estados o centros comerciales, lo que da como resultado que sólo el 30% de la población en México tenga acceso a una sala de cine, o que se tengan que desplazar invirtiendo lapsos de tiempo y espacio largos (90% de los municipios del país no cuenta con un cine); lo que a su vez plantea el tema de la piratería ya no como un asunto de moral, sino como una forma de acceso a contenidos ante una exhibición cinematográfica casi exclusiva para un reducido sector de la población.

No es de extrañarse que el ir al cine se haya convertido así pues, en una actividad de consumo, una experiencia articulada a lo mercantil que implica no sólo ir a ver una película, sino comprar un combo (porque nos han vendido la idea que sin palomitas el cine no sabe), dar un paseo por la plaza comercial y quien sabe aprovechar alguna oferta que nos encontremos, salir de la función e ir a tomar algo, o de paso hacer el súper. Tampoco es que se tenga que ver de forma negativa o despectiva que los cines estén instalados en las plazas comerciales, pues al final de cuentas el centro comercial se vuelve un espacio público de calidad, seguro y de convivencia que quizá colonias o barrios periféricos no tienen.

Por fortuna en México, y Oaxaca,  hay una expansión de festivales de cine y cineclubs en donde los que mayormente están involucrados son los jóvenes, procurando la posibilidad de ver cine en pueblos, rancherías y otras lugares como cocheras, bibliotecas, escuelas, casas (hay un cineclub en la cd. de Oaxaca que proyecta en una carpintería: La Pantalla Diabólica) y demás espacios que retan el control sistemático de la industria de la exhibición acaparada por nuestro vecino EU (tan ceca de Hollywood y tan lejos de Dios); a veces con mucho esfuerzo y dificultades por lo que deben ser objeto de políticas públicas que garanticen la exhibición diversificada social y geográficamente, y que al ir a un múltiplex no esté la misma película en casi todas las salas, sino que haya un acceso a la cinematografía nacional que hoy en día produce más películas que la Época de Oro. No hay un divorcio entre el cine mexicano y su público sino el cine mexicano y sus exhibidores, pues el cine mexicano es diverso y aprendemos un poco más de nuestra diversidad viendo más cine mexicano; y por ende, las políticas públicas tendrían que abarcar productos audiovisuales y plataformas, no sólo el fenómeno cinematográfico.

Ana Rosas Mantecón menciona la Pedagogía de la alteridad: espacio donde aprendemos a estar con otros, aunado a tener que ver películas como parte del currículum escolar para aprender cine y a disfrutarlo viéndolo, y de paso conocer otras narrativas, otras realidades, otras historias. Hay que dar la batalla por las salas de cine emergentes e independientes (como OaxacaCine), aunque el campo de batalla se haya complejizado así como el campo del placer; aprender a negociar mejores condiciones para la exhibición cinematografía no sólo de lugar sino de contenido, pues al final de cuentas el cine también es un catalizador y formador de imaginarios, de identidad. Eso sin olvidar los derechos cinematográficos de las personas que no caminan o se desplazan de otra manera, la necesidad de rampas o accesos; o pensar en personas con deficiencia visual poder disfrutar de este derecho cultural.

Dar la batalla por el cine es no pensarlo sólo como como una forma de entretenimiento, que lo es, sino como una forma de sociabilidad donde está su potencial, para pensar las políticas públicas y también urbanas que apuesten por las salas de cine y espacios de exhibición como una forma de restaurar el tejido social, tan herido hoy en día, apostando por la convivencia y ejercer la urbanidad, estar juntos, aprender a estar juntos, y pensar el ir al cine como un derecho, un derecho de acceso a la cultura por el que vale la pena pelear.

Josué Cinéfago: El que tiene el hábito de comer y devorar cine.

El cine y la ciudad

Sandra C. Fernández Cruz

‘Desde las primeras películas, el cine ha reflejado la vida urbana a través de sus propios medios de representación. Reconsiderar estas películas puede contribuir a entender la formación de estructuras culturales en relación con sus entornos arquitectónicos’.- Gül Kale

El cine se relaciona de distintas maneras con la ciudad, para Rodrigo Culagovski es una recreación del espacio urbano; es también un factor que influye en la creación de las ciudades, por su capacidad de crear imágenes y deseos; y es un producto industrial dentro del contexto de la ciudad contemporánea como hecho económico y comercial.

Antes del cine, la pintura, la literatura y la fotografía eran las formas en donde las personas tenían experiencias artísticas a partir de las imágenes o descripciones de imágenes. En las novelas del siglo XIX los escritores retrataban eventos y escenarios propios de su época; los pintores podían retratar la estética de los escenarios que veían; los fotógrafos proyectaron la vida diaria de las ciudades a través de sus imágenes. Las películas permitieron a las audiencias relacionarse con el mundo moderno de una manera distinta. El cine fue pensado como una forma de exponer imágenes que creaban una estructura fragmentada en la vida moderna.

Durante el siglo XX, el cine fue un recurso para que un importante número de personas pudieran imaginar la vida de las grandes urbes, las cuales fueron representadas como escenarios con distintas connotaciones. La ciudad en el cine del siglo XX podía ser un lugar en donde podría hallarse un nuevo tipo de belleza; un espacio que influía en las relaciones sociales, políticas y económicas de sus habitantes; un lugar donde todo era posible: la libertad y el cambio.

A finales del siglo XX y aún en el siglo XXI, el cine aún presenta la posibilidad de acceder a estas grandes urbes a través de representaciones condicionadas por las opiniones, visiones y libertades artísticas de sus directores; además de ser todavía un importante recurso para hablar de las contradicciones sociales, morales y económicas que viven todas las grandes urbes.

Este año en la Casa de la Ciudad presentamos un nuevo programa: ‘Cine y Ciudad’, en este ciclo de proyecciones mostramos películas de ficción en donde las ciudades y la vida urbana tienen un papel relevante para la trama. La ciudad como escenario de acontecimientos políticos e históricos, como un lugar que influye decisivamente en los vínculos entre sus habitantes y su manera de relacionarse con el mundo.

Para más información sobre el programa ‘Cine y Ciudad’, consulta la página http://www.casadelaciudad.org

Bibliografía

Culagovski, R. (2005). El cine como recreador de ciudades, laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2018-02-01] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-cine-como-recreador-de-ciudades/226

Kale, G. (2005). Interacción entre cine y arquitectura: una mirada a través de la primera mitad del siglo XX. Bifurcaciones. Recuperado de http://www.bifurcaciones.cl/003/Kale.htm

Velasco en Oaxaca / Región del imaginario paisajista del siglo XIX

Víctor Rodríguez Rangel

[…] el espectador se siente en lo alto de un valle frío y respira un aire delgado, aire sólo para las águilas, en un misterio equilibrio entre el cielo y la tierra […] y, como en un espejo, la lejanía: las mismas aguas, los mismos cielos, la misma tierra […] Y el aire, invisible presencia que delata a los grandes pintores. Todo está suspendido en un momento de pausa, como si la naturaleza se hubiese detenido un instante para después proseguir su marcha. Pintor de límites, Velasco nos muestra un mundo que no es el del reposo absoluto ni tampoco el del movimiento sino el del descanso.

 Octavio Paz.

Preámbulo

Entre diciembre de 1887 y febrero de 1888, el afamado pintor de paisaje, José María Velasco (1840-1912) -ex alumno, profesor y director del ramo en la antigua Academia de San Carlos-, levantó una serie de apuntes y bosquejos ante la localidad para la realización de diversas pinturas sobre la Sierra zapoteca de Ixtlán, en específico sobre el pueblito de San Pablo Guelatao, apostado en una meseta y envuelto por una imponente vista montañoso y semiárida. Los cuadros los compuso desde diferentes ángulos a una distancia de por lo menos medio kilómetro de la población.

 Las obras velasquianas sobre Guelatao se inscriben en el contexto de su viaje a la capital oaxaqueña, comisionado por el obispo de aquel Estado para pintar la Catedral de Oaxaca, dicha obra sería enviada a Roma como un regalo al Papa León XIII en ocasión del jubileo sacerdotal del pontífice en 1888. En este viaje aprovechó para ejecutar doce pinturas sobre la región –algunas bajo encargo realizando diversos estudios para exaltar, a través de su encanto paisajista, la geografía, la flora, las ruinas arqueológicas, la luz y muchas otras características de la zona, de esta manera pintó Mitla, el valle de Oaxaca, el árbol del Cardón, el del Tule y las vistas de Guelatao. “Oaxaca significó para el célebre paisajista el encuentro con una demarcación de sitios y panorama con profunda resonancia histórica, simbólica y geográfica.”

 La consagración paisajista que alcanzó José María Velasco en esa docena de vistas pictóricas, se debió a una depurada técnica y a una sublime expresión personal y original, que lejos estaban de las tempranas fases formativas del mexiquense, cuando a sus veinte años era la promesa del cuerpo de discípulos del italiano Eugenio Landesio en la Academia Nacional de San Carlos. La trayectoria inició en 1855, un año crucial para el despunte de una notable generación mexicana que cultivo la pintura de paisaje, inscritos en la enseñanza del género en la Academia capitalina. La base era un modelo educativo implantado por Landesio y cimentado en una sólida formación empírico-académica, con un plan de estudios propicio para que se resolvieran las necesidades del curso autónomo paisajístico. El género en México vivió una etapa temprana, a raíz de aquel año, bajo la influencia de los preceptos del romanticismo, vertiente filosófica y artística que en buena parte del XIX permeó la producción plástica en el hemisferio occidental y exaltó la intensidad sugestiva, la sensibilidad poética y una majestuosidad “sublime” en las obras de paisaje, sobre todo en las vistas panorámicas a campo abierto –meta y fase más avanzada según el modelo de enseñanza del profesor europeo, procedente de la Academia de San Luca de Roma.

Las resoluciones propias del idealismo romántico, conforme corrían las décadas de la segunda mitad de esa centuria, fueron paulatinamente sustituidas por un tratamiento estilístico “naturalista” –de un alto grado de objetividad en la recreación de cada uno de los elementos que conforman la naturaleza-, propio de una era mecanicista y la visión sobre el progreso y el conocimiento científico en el ámbito filosófico del positivismo porfirista. Las personalidades de Landesio y de los egresados, como José María Velasco, Luis Coto, Carlos Rivera, Gregorio Dumaine, José Jiménez y Cleofás Almanza, representan con sus logrados paisajes este lapso brillante de la segunda mitad de aquel siglo. Landesio, en sus enseñanzas, proclamó que al centro de sus composiciones paisajistas se configuraban los episodios, los cuales clasificó como de historia, escenas populares, escenas militares, escenas familiares, retratos y animales.

El episodio era la parte primordial de la obra –el centro focal-, aunque su escala en la superficie pictórica resultaba empequeñecida, envuelto por una imponente localidad que, según Landesio, se componía de celajes, follaje, terrenos, aguas y edificios: esto último se ramificó en edificios interiores y exteriores, con panoramas amplios o encuadres cerrados que reproducen los palacios, plazas, parques y monumentos representativos de las ciudades, principalmente de la ciudad de México-urbe en la cual se ubicaba la citada Academia- y, posteriormente, “glorias” del barroco, como la catedral de Oaxaca.

El profesor, originario de Turín, proponía en su plan de trabajo para el curso una serie de prácticas de campo y de expediciones tanto a los alrededores de la ciudad de México como a ciertas zonas de difícil acceso para esos tiempos. Los pupilos en estas prácticas ejercitaban la observación de los elementos del paraje y realizaban sendos estudios preparatorios de celajes, follajes, arroyos, rocas, montañas y ríos, para posteriormente integrarlos en el taller -en una manipulación idealizada del paisaje- a obras definitivas.

El ferrocarril mexicano. El género de paisaje académico diversifica escenarios.

El ferrocarril significó una serie de profundas transformaciones económicas y un medio mecánico para intercomunicar a las poblaciones inaccesibles; el optimismo progresista era evidente en la sociedad y su representación no podía estar ausente en la pintura del paisaje. El 1 de enero de 1873, el presidente de la República, Sebastián Lerdo de Tejada, inauguró la ruta completa entre México y Veracruz, sellando con ello, la primera gran proeza del Ferrocarril Mexicano. El tendido ferroviario, muy pronto, se extendería hacia Laredo, Cuernavaca, Puebla, Oaxaca y Mérida. Respecto a Oaxaca, el ferrocarril alcanzó Tecomavaca desde Tehuacán en 1891 y, muy pronto, se extendió hasta la capital del estado en 1892. Ante la precisión de las fechas, entendemos que Velasco sólo pudo llegar por tren hasta Tehuacán, y de ahí empezó la gran aventura por otro tipo de transportes más rudimentarios, hasta lograr la capital oaxaqueña.

Este avance tecnológico, a vapor, permitió primero a Landesio y posteriormente a Velasco –quien en 1877 se hace cargo de todo el ramo de paisaje en la Academia-, mover a sus discípulos afuera del altiplano central del país, emprendiendo productivas expediciones o exploraciones a otros ecosistemas. A las vistas de Oaxaca precedieron las de Tlaxcala y los paisajes fríos, vaporosos y alpestres en torno a la Sierra Madre Oriental, a la altura de los límites entre Puebla, Tlaxcala y Veracruz, siendo localidades idóneas para representar otras dimensiones lumínicas, distintos follajes, diferentes terrenos, nuevos matices cromáticos y otros cuerpos de agua, desiguales a los del altiplano.

Serena amplitud oaxaqueña en la producción de Velasco

Es consabido, aunque nunca lo expresó públicamente, la inclinación de Velasco por la regencia del Segundo Imperio, en tiempos de Maximiliano de Habsburgo, al tiempo que los encargos de obra que le hacían los conservadores y la iglesia durante la República restaurada y el Porfiriato, debieron de ponerlo un tanto en tela de juicio respeto a las afiliaciones políticas en esa era del predomino del pensamiento federalista y liberal, por lo que el hecho de que ciertos patrocinadores le hayan encargado obra sobre la diminuta villa de Guelatao, como motivo central de una serie de panorámicos paisajes, lo reconciliaron con las fuerzas republicanas, quienes consideraban a Juárez desde su muerte como un hito patriótico en la historia de la construcción del Estado moderno. Menciono lo anterior porque en aquella época de exacerbadas confrontaciones ideológicas, personalidades públicas como Velasco –que incluso sus obras representaban la modernidad del país en los pabellones nacionales de las exposiciones universales- estaban bajo sospecha por sus preferencias políticas.

En las pinturas sobre Gulatao, la población se detalla diminuta sobre los lomeríos y entorno a la laguna que produce un verdor de oasis en su demarcación, motivos abrazados por el imponente horizonte serrano que se retrae a la profundidad. En el cuadro más ambicioso por su tamaño y logro respecto a Guelatao, la atención visual se enfoca en el viejo de manta del primer término, quien cargado de su itacatl, se dirige por una sinuosa vereda hacia la capital oaxaqueña. No cabe duda que Velasco insinúa a su manera la relevancia de la localidad como cuna de un protagonista de la historia de México de la talla de Juárez, quien falleció diecisiete años atrás a la firma de esta producción plástica, sin embargo su eco era fuerte en los discursos retóricos y en los relatos patrios del presidente Porfirio Díaz.

Por la laguna es que Guelatao lleva este nombre, que en zapoteca significa Laguna pequeña o encantada, y es la cabecera municipal de uno de los 570 municipios de Oaxaca. El pueblo se encuentra en una zona montañosa al norte de la ciudad de Oaxaca (60 kilómetros), a una altura de 1780 m. sobre el nivel del mar. San Pablo Guelatao es una población, antes irrelevante, que saltó al plano nacional porque ahí procrearon a Juárez sus padres, unos humildes agricultores de raza indígena, muriendo primero ellos y luego sus abuelos cuando él era un niño. Huérfano quedó al amparo de un tío, a partir de entonces trabajó como empleado agrícola y pastor, en una escalada épica de tenacidad que lo llevó primero a alcanzar en la capital oaxaqueña el título de abogado para, posteriormente, llegar a ser gobernador de su estado y presidente de la república.

La pintura de José María Velasco es un tributo geográfico al benemérito, he impacta por la maestría pictórica que nos permite deleitarnos ante el sosegado paisaje de una atmosférica trasparencia científica, pero al tiempo es un canto poético sobre el imponente paraje el cual hace una pausa, para que lo disfrutemos en su amplitud. Cabe terminar este ensayo con la reflexión de poeta Adolfo Castañón: “La visión panóptica y astringente de Velasco parecería deslindarse de la historia. Cabe precisar, sin embargo, que su compromiso con la geografía y con el genio del lugar llamado México no podía pasar por alto ni la historia ni la política ni, por supuesto, la ciencia y el arte”.

Noviembre 2016. Ciudad de México

La Vuelta al Mundo en 80 Bicicletas

bicis

 

“Y así, en efecto, andar en bicicleta es una manera de ir haciendo una ciudad y una sociedad distintas, donde caben todos porque es de nuestro tamaño, que no aplasta ni intimida, que no asusta, que da gusto estar en ella, y donde uno siente que ése sí es su lugar en este mundo” 

Pablo Fernández Christlieb

 

La bicicleta como medio de transporte, como recreación o deporte, ha estado presente en nuestros entornos urbanos, semiurbanos y rurales desde que se inventó. Aunque el reciente auge de su uso como medio de transporte en las ciudades ha ocasionado una mayor presencia en el imaginario social, la realidad es que la bicicleta ha estado siempre ahí, siendo parte de la vida cotidiana.

Hablando en particular desde el punto de vista urbano, la bicicleta es ya un referente que ha ido ganando espacio en nuestras calles y en nuestras políticas públicas. Estamos viviendo una época de transición hacia la bici como medio de transporte y como herramienta de transformación de nuestras ciudades.

La bicicleta no sólo está cuestionando el cómo nos movemos en nuestras ciudades, sino el paradigma de ciudad que vivimos. Cómo estamos usando nuestro espacio público; el deterioro de la calidad del aire en el hábitat urbano; si nuestras viviendas, centros de trabajo y servicios están cerca o lejos; si tenemos tiempo para convivir y recrearnos o sólo para trabajar y movernos de un lado a otro; si estamos construyendo comunidades y barrios; si nuestras ciudades están incentivando sociedades sedentarias o activas, si el espacio público es para que las personas lo disfruten o para que los autos circulen y se estacionen.

La muestra fotográfica La Vuelta al Mundo en 80 Bicicletas surge de un proyecto editorial que a partir de 80 fotografías y 14 relatos, busca reivindicar y celebrar la importancia de la presencia de la bicicleta en las ciudades actuales, reconociendo su valor en la construcción de ciudades sostenibles, libres, saludables y felices para todos. La muestra fue exhibida durante el 4º Foro Mundial de la Bici en Medellín, Colombia en el 2015 y ahora, gracias a la colaboración de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca y la Editorial El Caminante, tenemos la oportunidad de presentarla en Oaxaca como parte de las actividades del 12º. Aniversario de Casa de la Ciudad.

Mediante 80 fotografías seleccionadas a través de un concurso internacional que recibió más de 600 imágenes, queremos compartirles cómo se vive la bicicleta en distintas latitudes del mundo; desde entornos naturales y de recreación, hasta entornos urbanos donde la bicicleta es tanto objeto lúdico como medio de transporte, mostrando una diversidad de personajes haciendo uso de ella en su vida cotidiana, y que nos invitan a reflexionar sobre cómo otra ciudad es posible.

Los invitamos a celebrar estos doce años de camino recorrido en Casa de la Ciudad, en los que la bicicleta ha tenido un papel importante en la construcción de una visión de ciudad sustentable a la que aspiramos y que queremos construir para todos. Vamos a dar La Vuelta al Mundo en 80 Bicicletas.

Paisajes

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En enero de este año, Casa de la Ciudad celebra su 12º aniversario, a lo largo del trayecto recorrido hemos explorado distintos ejes temáticos relacionados al urbanismo y el patrimonio a través de la realización de proyectos y actividades como conferencias, exposiciones, seminarios, talleres, entre otras. A partir del 2011 se estableció una temática anual con la finalidad de explorar durante el año en curso, y desde diversos frentes, un sólo tema, lo que ha permitido un cierto nivel de especialización en materia de movilidad, agua, áreas verdes, mercados y periferias.

Durante este 2016, Casa de la Ciudad eligió como tema de estudio el paisaje y estará desarrollando actividades en torno a los distintos territorios que conforman la mancha urbana de Oaxaca explorando a través de este, las distintas realidades y circunstancias que convergen en la ciudad. El paisaje como marco de la vida cotidiana de una población y como hilo conductor de los distintos entornos que confluyen en este territorio.

El paisaje, en el estricto sentido de la palabra, es considerado como una extensión de terreno que es vista desde un sitio en particular y que puede, en algunos casos, ser considerado en su aspecto artístico; por su valor natural, edificado o cultural. En la actualidad, la tendencia expansiva de crecimiento de las ciudades nos obliga a repensar el concepto de paisaje y visualizarlo en un sentido amplio, el paisaje ya no es más ese territorio ajeno y lejano cuyas únicas atribuciones son consideradas desde un punto de vista estético o ambiental. Hoy, el paisaje es también el territorio artificial construido producto de una cultura y el escenario de la vida cotidiana de cualquier población.

A través de una serie de actividades como conferencias, talleres, proyecciones, intervenciones, campañas y diversas actividades académicas, buscaremos generar reflexiones que nos permitan establecer una lectura sobre cómo hemos ido construyendo el paisaje que da forma a nuestra ciudad y como estamos construyendo el paisaje a futuro. Qué sucede con nuestros entornos históricos, urbanos, semiurbanos y rurales, cuál es el hilo conductor que estamos tejiendo para unirlos y cómo estamos dando forma al territorio que habitamos.

La apariencia y forma que han moldeado el paisaje del territorio que habitamos, han sido determinadas por las decisiones políticas y las relaciones sociales que convergen en él. Su conservación y cuidado, así como su proyección a futuro, dependen de cómo logremos articular estas variantes hacia un desarrollo sustentable que permita aprovechar al máximo los recursos con que cuenta el territorio.

En ese sentido, Casa de la Ciudad se perfila como una plataforma que busca incidir en la formulación de estas políticas y tender puentes que permitan socializar los procesos de planeación que moldearán el paisaje de Oaxaca en el futuro.

Los invitamos a ser actores activos en esta serie de reflexiones y actividades que tenemos programadas a lo largo del año.