Velasco en Oaxaca / Región del imaginario paisajista del siglo XIX

Víctor Rodríguez Rangel

[…] el espectador se siente en lo alto de un valle frío y respira un aire delgado, aire sólo para las águilas, en un misterio equilibrio entre el cielo y la tierra […] y, como en un espejo, la lejanía: las mismas aguas, los mismos cielos, la misma tierra […] Y el aire, invisible presencia que delata a los grandes pintores. Todo está suspendido en un momento de pausa, como si la naturaleza se hubiese detenido un instante para después proseguir su marcha. Pintor de límites, Velasco nos muestra un mundo que no es el del reposo absoluto ni tampoco el del movimiento sino el del descanso.

 Octavio Paz.

Preámbulo

Entre diciembre de 1887 y febrero de 1888, el afamado pintor de paisaje, José María Velasco (1840-1912) -ex alumno, profesor y director del ramo en la antigua Academia de San Carlos-, levantó una serie de apuntes y bosquejos ante la localidad para la realización de diversas pinturas sobre la Sierra zapoteca de Ixtlán, en específico sobre el pueblito de San Pablo Guelatao, apostado en una meseta y envuelto por una imponente vista montañoso y semiárida. Los cuadros los compuso desde diferentes ángulos a una distancia de por lo menos medio kilómetro de la población.

 Las obras velasquianas sobre Guelatao se inscriben en el contexto de su viaje a la capital oaxaqueña, comisionado por el obispo de aquel Estado para pintar la Catedral de Oaxaca, dicha obra sería enviada a Roma como un regalo al Papa León XIII en ocasión del jubileo sacerdotal del pontífice en 1888. En este viaje aprovechó para ejecutar doce pinturas sobre la región –algunas bajo encargo realizando diversos estudios para exaltar, a través de su encanto paisajista, la geografía, la flora, las ruinas arqueológicas, la luz y muchas otras características de la zona, de esta manera pintó Mitla, el valle de Oaxaca, el árbol del Cardón, el del Tule y las vistas de Guelatao. “Oaxaca significó para el célebre paisajista el encuentro con una demarcación de sitios y panorama con profunda resonancia histórica, simbólica y geográfica.”

 La consagración paisajista que alcanzó José María Velasco en esa docena de vistas pictóricas, se debió a una depurada técnica y a una sublime expresión personal y original, que lejos estaban de las tempranas fases formativas del mexiquense, cuando a sus veinte años era la promesa del cuerpo de discípulos del italiano Eugenio Landesio en la Academia Nacional de San Carlos. La trayectoria inició en 1855, un año crucial para el despunte de una notable generación mexicana que cultivo la pintura de paisaje, inscritos en la enseñanza del género en la Academia capitalina. La base era un modelo educativo implantado por Landesio y cimentado en una sólida formación empírico-académica, con un plan de estudios propicio para que se resolvieran las necesidades del curso autónomo paisajístico. El género en México vivió una etapa temprana, a raíz de aquel año, bajo la influencia de los preceptos del romanticismo, vertiente filosófica y artística que en buena parte del XIX permeó la producción plástica en el hemisferio occidental y exaltó la intensidad sugestiva, la sensibilidad poética y una majestuosidad “sublime” en las obras de paisaje, sobre todo en las vistas panorámicas a campo abierto –meta y fase más avanzada según el modelo de enseñanza del profesor europeo, procedente de la Academia de San Luca de Roma.

Las resoluciones propias del idealismo romántico, conforme corrían las décadas de la segunda mitad de esa centuria, fueron paulatinamente sustituidas por un tratamiento estilístico “naturalista” –de un alto grado de objetividad en la recreación de cada uno de los elementos que conforman la naturaleza-, propio de una era mecanicista y la visión sobre el progreso y el conocimiento científico en el ámbito filosófico del positivismo porfirista. Las personalidades de Landesio y de los egresados, como José María Velasco, Luis Coto, Carlos Rivera, Gregorio Dumaine, José Jiménez y Cleofás Almanza, representan con sus logrados paisajes este lapso brillante de la segunda mitad de aquel siglo. Landesio, en sus enseñanzas, proclamó que al centro de sus composiciones paisajistas se configuraban los episodios, los cuales clasificó como de historia, escenas populares, escenas militares, escenas familiares, retratos y animales.

El episodio era la parte primordial de la obra –el centro focal-, aunque su escala en la superficie pictórica resultaba empequeñecida, envuelto por una imponente localidad que, según Landesio, se componía de celajes, follaje, terrenos, aguas y edificios: esto último se ramificó en edificios interiores y exteriores, con panoramas amplios o encuadres cerrados que reproducen los palacios, plazas, parques y monumentos representativos de las ciudades, principalmente de la ciudad de México-urbe en la cual se ubicaba la citada Academia- y, posteriormente, “glorias” del barroco, como la catedral de Oaxaca.

El profesor, originario de Turín, proponía en su plan de trabajo para el curso una serie de prácticas de campo y de expediciones tanto a los alrededores de la ciudad de México como a ciertas zonas de difícil acceso para esos tiempos. Los pupilos en estas prácticas ejercitaban la observación de los elementos del paraje y realizaban sendos estudios preparatorios de celajes, follajes, arroyos, rocas, montañas y ríos, para posteriormente integrarlos en el taller -en una manipulación idealizada del paisaje- a obras definitivas.

El ferrocarril mexicano. El género de paisaje académico diversifica escenarios.

El ferrocarril significó una serie de profundas transformaciones económicas y un medio mecánico para intercomunicar a las poblaciones inaccesibles; el optimismo progresista era evidente en la sociedad y su representación no podía estar ausente en la pintura del paisaje. El 1 de enero de 1873, el presidente de la República, Sebastián Lerdo de Tejada, inauguró la ruta completa entre México y Veracruz, sellando con ello, la primera gran proeza del Ferrocarril Mexicano. El tendido ferroviario, muy pronto, se extendería hacia Laredo, Cuernavaca, Puebla, Oaxaca y Mérida. Respecto a Oaxaca, el ferrocarril alcanzó Tecomavaca desde Tehuacán en 1891 y, muy pronto, se extendió hasta la capital del estado en 1892. Ante la precisión de las fechas, entendemos que Velasco sólo pudo llegar por tren hasta Tehuacán, y de ahí empezó la gran aventura por otro tipo de transportes más rudimentarios, hasta lograr la capital oaxaqueña.

Este avance tecnológico, a vapor, permitió primero a Landesio y posteriormente a Velasco –quien en 1877 se hace cargo de todo el ramo de paisaje en la Academia-, mover a sus discípulos afuera del altiplano central del país, emprendiendo productivas expediciones o exploraciones a otros ecosistemas. A las vistas de Oaxaca precedieron las de Tlaxcala y los paisajes fríos, vaporosos y alpestres en torno a la Sierra Madre Oriental, a la altura de los límites entre Puebla, Tlaxcala y Veracruz, siendo localidades idóneas para representar otras dimensiones lumínicas, distintos follajes, diferentes terrenos, nuevos matices cromáticos y otros cuerpos de agua, desiguales a los del altiplano.

Serena amplitud oaxaqueña en la producción de Velasco

Es consabido, aunque nunca lo expresó públicamente, la inclinación de Velasco por la regencia del Segundo Imperio, en tiempos de Maximiliano de Habsburgo, al tiempo que los encargos de obra que le hacían los conservadores y la iglesia durante la República restaurada y el Porfiriato, debieron de ponerlo un tanto en tela de juicio respeto a las afiliaciones políticas en esa era del predomino del pensamiento federalista y liberal, por lo que el hecho de que ciertos patrocinadores le hayan encargado obra sobre la diminuta villa de Guelatao, como motivo central de una serie de panorámicos paisajes, lo reconciliaron con las fuerzas republicanas, quienes consideraban a Juárez desde su muerte como un hito patriótico en la historia de la construcción del Estado moderno. Menciono lo anterior porque en aquella época de exacerbadas confrontaciones ideológicas, personalidades públicas como Velasco –que incluso sus obras representaban la modernidad del país en los pabellones nacionales de las exposiciones universales- estaban bajo sospecha por sus preferencias políticas.

En las pinturas sobre Gulatao, la población se detalla diminuta sobre los lomeríos y entorno a la laguna que produce un verdor de oasis en su demarcación, motivos abrazados por el imponente horizonte serrano que se retrae a la profundidad. En el cuadro más ambicioso por su tamaño y logro respecto a Guelatao, la atención visual se enfoca en el viejo de manta del primer término, quien cargado de su itacatl, se dirige por una sinuosa vereda hacia la capital oaxaqueña. No cabe duda que Velasco insinúa a su manera la relevancia de la localidad como cuna de un protagonista de la historia de México de la talla de Juárez, quien falleció diecisiete años atrás a la firma de esta producción plástica, sin embargo su eco era fuerte en los discursos retóricos y en los relatos patrios del presidente Porfirio Díaz.

Por la laguna es que Guelatao lleva este nombre, que en zapoteca significa Laguna pequeña o encantada, y es la cabecera municipal de uno de los 570 municipios de Oaxaca. El pueblo se encuentra en una zona montañosa al norte de la ciudad de Oaxaca (60 kilómetros), a una altura de 1780 m. sobre el nivel del mar. San Pablo Guelatao es una población, antes irrelevante, que saltó al plano nacional porque ahí procrearon a Juárez sus padres, unos humildes agricultores de raza indígena, muriendo primero ellos y luego sus abuelos cuando él era un niño. Huérfano quedó al amparo de un tío, a partir de entonces trabajó como empleado agrícola y pastor, en una escalada épica de tenacidad que lo llevó primero a alcanzar en la capital oaxaqueña el título de abogado para, posteriormente, llegar a ser gobernador de su estado y presidente de la república.

La pintura de José María Velasco es un tributo geográfico al benemérito, he impacta por la maestría pictórica que nos permite deleitarnos ante el sosegado paisaje de una atmosférica trasparencia científica, pero al tiempo es un canto poético sobre el imponente paraje el cual hace una pausa, para que lo disfrutemos en su amplitud. Cabe terminar este ensayo con la reflexión de poeta Adolfo Castañón: “La visión panóptica y astringente de Velasco parecería deslindarse de la historia. Cabe precisar, sin embargo, que su compromiso con la geografía y con el genio del lugar llamado México no podía pasar por alto ni la historia ni la política ni, por supuesto, la ciencia y el arte”.

Noviembre 2016. Ciudad de México

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