Arte y reconstrucción: el trauma urbano como oportunidad

Arq. Antonio Moya-Latorre/MIT COLAB

La noche cuando la tierra se estremeció, el 7 de septiembre de 2017, pude sentir como la sacudida me afectaba emocionalmente, a pesar de la distancia. Por entonces me encontraba estudiando la maestría de planificación urbana en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, a donde había llegado hacía apenas un mes con la intención de estudiar la relación entre arte, cultura y urbanismo comunitario-temas en los que llevaba trabajando varios años como arquitecto y músico.

Mi sorpresa fue enorme al comprobar la masiva respuesta de la comunidad artística del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca y México al sismo del 7 de septiembre y al que le siguió pocos días después y que afectó, sobre todo, a la capital mexicana. En medio del caos y la confusión, acentuados por la falta de planes de contingencia para atender a las comunidades que se habían visto terriblemente afectadas, los artistas habían reaccionado inmediatamente para atender las necesidades más urgentes de sus vecinos y compatriotas. Comprendí entonces que el proceso de reconstrucción física del Istmo (que intuía iba a ser lento, irregular y con muchas deficiencias) iba a necesitar se acompañado de un profundo trabajo de reconstrucción emocional.

Durante la primavera de 2018, tuve ocasión de investigar con algo más de rigor en qué estaban consistiendo las respuestas artísticas a los dos sismos de septiembre. La doctora Diane Davis, profesora de urbanismo en la escuela de diseño de Harvard y experta en historia y política mexicanas, había organizado n seminario titulado “más allá de la reconstrucción”, era significativo. ¿Se podía aprovechar la ocasión para reflexionar sobre como comunidades como la istmeña podían no solo ser físicamente reconstruidas, sino incluso salir culturalmente favorecidas tras eventos tan traumáticos como los sismos?

Poco antes de tomar el seminario (que iba a durar varios meses), había estado estudiando al pedagogo brasileño del siglo XX Paulo Freire. En su obra seminal de 1968 “Pedagogía del Oprimido”, Freire acuña el término de la conscientização como una necesidad de primera magnitud para liberar a las comunidades más vulnerables de los sistemas de poder de los que dependen y poder determinar su propio futuro. Así, la conscientização es el acto de nombrar aquella realidad que nos rodea, y en particular los problemas y desafíos a los que debemos enfrentarnos para poder construir las vidas que cada uno de nosotros deseamos y merecemos. Solo entendiendo y nombrando la realidad que nos rodea y nos subyuga podemos aspirar a diseñar vidas verdaderamente significativas.

Fue durante este seminario cuando empecé a relacionar el concepto de conscientização con el papel de los artistas en la reconstrucción emocional y el fortalecimiento cultural del Istmo de Tehuantepec. ¿De qué manera estaba el are contribuyendo no solo a sanar a la comunidad, sino a visibilizar y dar valor a la cultura istmeña? Así, terminé elaborando para el seminario un catálogo de arte en el que recogía las respuestas artísticas más significativas a los sismos junto a un análisis de las narrativas alternativas sobre la construcción que el arte estaba contribuyendo a escribir.

A pesar de que quedé satisfecho con el proyecto, sentía que en el modelo teórico faltaba todavía una pieza: arte y conscientização eran elementos necesarios, pero no suficientes, para desencadenar procesos de transformación cultural que fortalecieran a comunidades afectadas por eventos traumáticos como los sismos. La evidencia indicaba que no bastaba con visibilizar la cultura y nombrar los desafíos, sino que los cambios más profundos vienen de un aumento de las capacidades de las comunidades más vulnerables.

El “enfoque basado en las capacidades” es una teoría de desarrollo propuesta en primer lugar por el economista indio Amartya Sen. En su ensayo de 1999 “desarrollo como libertad”, Sen propone que los planes de desarrollo para las comunidades más vulnerables se centren en expandir las capacidades individuales y colectivas para dotar a los miembros de la comunidad de las herramientas necesarias para construir “las vidas que tienen motivos para valorar.” El enfoque basado en las capacidades, el concepto de conscientização y el papel del arte como lenguaje para articular cambios constituían, a mi parecer, una poderosa tríada conceptual que se podía aplicar al urbanismo comunitario.

Durante el verano de 2018 tuve ocasión de combinar en un proyecto práctico los tres elementos. Como parte de la maestría de planificación urbana, pasé dos meses trabajando en la favela Jardim Colombo, en Sao Paulo. Se trataba de una comunidad altamente informal que estaba lidiando con la presencia de un gigantesco vertedero de escombros en medio de su vecindario y que los líderes comunitarios deseaban transformar en un parque.

Convencidos de que podíamos aprovechar la presencia de un elemento tan traumático como el vertedero, propusimos celebrar un festival de arte y participación ciudadana sobre el vertedero que funcionara como proyecto desencadenante de la transformación del futuro parque. En dos meses, se desarrollaron las capacidades necesarias entre los miembros de la comunidad y los colaboradores externos para organizar el festival; se generó conciencia sobre la importancia de mantener limpio y cuidar el futuro parque, y se aprovechó el potencial del arte para generar un gran día de celebración comunitaria que supusiera el inicio de un proceso de cambio profundo.

El proyecto no solo fue un éxito, sino que, como habíamos anticipado, se convirtió en la primera piedra de un largo y complejo proceso de transformación que iba a revolucionar a la comunidad e Jardim Colombo. La autoconstrucción del parque acababa de comenzar, y la comunidad programó eventos mensuales en este espacio para mantenerlo vivo e involucrar a un mayor número de vecinos cada vez.  En julio de 2019 se celebró la segunda edición del festival, y todo apunta a que el proceso va a continuar activo hasta que el parque esté terminado- y más allá. En mi tesis de maestría reflexioné sobre la experiencia en Jardim Colombo. Titulada “El ciclo desencadenante” (2019), mi tesis es una teorización sobre cómo proyectos que fomenten la conscientização, el desarrollo de capacidades y que hacen uso del arte aspiran a transformar en profundidad a comunidades vulnerables y a fortalecer su cultura. En particular, razono sobre cómo es posible aprovechar momentos traumáticos para desencadenar tales procesos.

De ahí el título de este ensayo, “el trauma urbano como oportunidad” es, en cierto modo, muy similar al título del seminario en el que participé. ¿Podemos hacer un esfuerzo para responder a los sismos que afectaron al Istmo de Tehuantepec “más allá de la reconstrucción”? En lugar de tratar de recuperar indiscriminadamente aquello que existía antes de los temblores, ¿cómo podemos generar procesos colectivos que den lugar a una comunidad más fuerte, más justa y mejor preparada para construir el futuro que desean?

El papel del arte es fundamental si queremos aspirar a que las comunidades del Istmo afectadas por los temblores de 2017, así como otras poblaciones que igualmente sufren traumas urbanos, salgan fortalecidas del dolor. Reconstruir no consiste solo en volver a erigir, físicamente aquello que ya existía, sino también en dotar de las herramientas psicológicas y emocionales que una comunidad necesita para salir adelante.

Mi apuesta es por un urbanismo que sirva para desencadenar procesos de transformaciones culturales profundas más allá de lo inmediato y lo obvio. Centrada en expandir la conscientización y las capacidades de comunidades atravesando momentos traumáticos, la planificación urbana es una poderos herramienta para construir un mundo más equitativo y de gran diversidad cultural y social en el que cada individuo y cada comunidad aspiren a vivir vidas plenas. 

Ciudades incluyentes y derecho a la misma

Mtro. Alejandro Hurtado Farfán

La percepción del ambiente es algo tan diferente para cada ser humano, dentro tenemos una serie de características que van desde lo económico, social, familiar, todas las experiencias vividas desde nuestra niñez. Tan pasivas o alocadas como una obra de Peter Kogler en las habitaciones del vértigo. Percibir el ambiente en las ciudades es toda una experiencia plena de gozos y sin sabores. Pero al final lo tenemos que hacer es obligatorio.

Una ciudad mal diseñada es excluyente, el espacio público y la arquitectura deben ser pensados para todos, no tenemos que pensar en espacios “especiales”.

“Igualdad y equidad son términos muy cercanos. Tanto que muchas veces se usan indistintamente. No obstante, este uso es incorrecto. Igualdad hace referencia al trato o las condiciones iguales para todos. La igualdad se trata de pedir o dar exactamente lo mismo a todas las personas, sean o no iguales. Esto muchas veces genera situaciones injustas para alguna de las partes involucradas. La equidad, por otra parte, busca que exista justicia dentro de la igualdad, por decirlo así. Por ejemplo, si se implementa la igualdad entre todos los componentes de una sociedad se estaría hablando de una sociedad injusta. Esto debido a que no se estarían tomando en cuenta las diferentes capacidades de cada uno de sus miembros. La equidad, por lo tanto, supone un trato desigual entre desiguales que garantice condiciones más justas para todos.”

La ciudad inclusiva promueve el crecimiento con equidad. En la ciudad inclusiva todos sus habitantes, independientemente de sus posibilidades económicas, género, raza, etnia o religión, se encuentran habilitados y facultados para aprovechar plenamente las oportunidades sociales, económicas y políticas que dicha urbe ofrece. La ciudad inclusiva garantiza, de una forma u otra, el derecho a la ciudad. Este derecho es interdependiente de todos los derechos reconocidos y concebidos integralmente, y por lo tanto incluye todos los derechos civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales, que ya están reglamentados en los tratados internacionales de derechos humanos. El derecho a la ciudad no es un derecho más; es la materialización en el espacio urbano de los derechos existentes. Es, como sugiere David Harvey, uno de los teóricos más reconocidos en este campo, una especie de “Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Ciudad”.

Racismo e ignorancia, son puntos medulares en la exclusión y discriminación, así mismo tenemos grupos vulnerables muy marcados que pareciera no tienen el derecho a la ciudad:

  • Discapacitados motrices y sensoriales
  • Comunidad LGTB
  • Adultos mayores
  • Gente en situación de calle
  • Comunidad indígena
  • Comunidad migrante

En el tema del racismo y la ignorancia en muchas ciudades latinoamericanas se hace presente, incluso con un tema de doble moral donde el visitante o migrante extranjero tiene una aceptación diferente dependiendo su nacionalidad, no es el mismo trato para un europeo que para un centro americano.

Somos muy ricos culturalmente con nuestros pueblos originales, pero la ola de complejos e ignorancia por ciertos grupos en las ciudades hacen de ellos comunidades vulnerables que no tienen el mismo derecho a la ciudad.

Uno de los principales problemas de los malos servicios públicos que tenemos, transporte, espacio público, y servicios en general, es el fenómeno de la no participación y exigencia de espacios de calidad. Es la domesticación, somos parte de una sociedad domesticada, donde la apatía es parte central del actuar de muchos ciudadanos. Los procesos de territorialización se dan en gran medida por esta actitud, las transformaciones urbanas son necesarias, pero de nosotros depende si ser espectadores de quien toma las decisiones, o involucrarnos y ser parte de los cambios para apropiarnos e integrarnos a los nuevos proyectos de estos espacios, sean nuevos, transformados, públicos o público – privados, donde exista un máximo de libertad acotada por normas elementales de convivencia.

La inclusión no llega sola se realiza y mantiene, los fenómenos de socialización están cambiando las nuevas tecnologías están construyendo una etapa diferente de comunicación, las redes sociales y el uso de dispositivos electrónicos y el cambio de paradigma social dentro de las familias están provocando que dicho cambio no sea del todo positivo. Ciertamente el fenómeno económico también es un detonador de desigualdad y equidad, la urbanización del territorio presenta calidad diferente en el mobiliario y equipamiento dependiendo la economía local de cada uno de estos asentamientos.

Una de las claves son Futuro y participación, y como dice Italo Rota:

Cada proyecto legado entre otras cosas a la energía toca el tema del futuro colectivo e individual de manera fuerte y obsesiva, caracterizando las protestas contra proyectos que se teme puedan tener efectos negativos en el territorio en el cual se realizarán, por ejemplo, las centrales eléctricas y similares. 

Proyectos complejos con muchas implicaciones que los ciudadanos comunes no alcanzan a comprender e individuar como elementos de interferencia en la estrecha relación entre lugar y futuro. Muy seguido los ciudadanos reconocen estos proyectos como necesarios, que pueden ser posibles, pero contemporáneamente no los aceptan en el propio territorio a causa de las eventuales contra indicaciones en el cambio sobre el ambiente local. La innovación, estar en grado de sugerir modelos de desarrollo adecuados a los temas de las diversas exigencias humanas y naturales en los cuales se tendrá que profundizar. De esta manera lograr ciudades incluyentes nos deben llevar a superarnos día a día, pero hablamos solo del diseño de proyectos urbanos incluyentes, ante todo tener una sociedad participativa, equitativa que comprenda y entienda que el bien colectivo esta primero que el individual.

Ir al cine

Josué Salvador Vásquez Arellanes

Creíamos que perdíamos el tiempo, y sin embargo el cine y las idas al ídem son para mi generación, el único nexo, la memoria común, la división de clases y la fuente de ilustración más poderosa que tuvimos.

– Jorge Ibargüengoitia

Ir al cine fue una charla que tuvo lugar el jueves 4 de abril en el marco del primer Foro Cinematográfico organizado por la Casa de la Ciudad, con el fin de vincular el cinecon la Arquitectura desde diversos puntos de vista. Uno de ellos fue abordarlo como espacio público y un ente urbano que va de la mano de los espectadores y claro, de las y los ciudadanos.

Para tal fin se expusieron algunos de los tópicos del libro Ir al cine: antropología de los públicos, la ciudad y las pantallas, de la investigadora Ana Rosas Mantecón, editado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y que en sus 313 páginas, expone cómo se ha modificado nuestra manera de ver del películas no sólo a partir de los avances tecnológicos, sino de las distintas formas en que habitamos el espacio urbano y que compartimos con los demás; todo en por lo menos un siglo de existencia del cine. Y es que hoy en día ¿qué es un cinéfilo? ¿El que va a la sala de cine o el que ve en el transporte público una película en su celular?

La Época de Oro del cine mexicano no sólo fue el boom de las películas nacionales, sino también el de un público muy diverso, donde ir al cine estaba en el cotidiano de los urbanitas, tanto que las salas de cine de la Ciudad de México son ya legendarias por su arquitectura como por el número de espectadores que llegaban a albergar, quienes al estar sentados los unos con los otros, muchas veces desconocidos, tuvieron que aprender a tolerar la diversidad. Catedrales de exhibición cinematográfica que hicieron del espacio público lugares laicos donde se veían películas  de manera cuasi religiosa, haciendo de la experiencia del cine una nueva sacralidad, y de la que sobrevive no sólo una memoria gráfica (folletos, carteles, revistas, fotografías), sino también un peso simbólico en la memoria individual y colectiva de quienes alguna vez hicieron fila, esperaron en el lobby y se sentaron en alguna luneta o palco de aquellos cines. 

Todas y todos tenemos una historia personal a través del cine, es una de las maneras en las que nos relacionamos con los otros y con la ciudad. Y no es que Netflix sea el enemigo del cine, sólo vino a reconfigurar la dinámica del público con la manera de acceder a las películas, algo que viene sucediendo desde la aparición de la TV en los 70´s, con el video en los 80´s y hoy en día con el internet y las plataformas digitales. Así que no hay una forma purista de ver cine, sino más bien el cinéfilo del siglo XXI tiene la posibilidad de convertirse en lo que yo llamo un Cinéfago(a): un consumidor omnívoro de contenidos audiovisuales nutrido por una dieta que conlleva poder ver películas en salas de cine comercial o circuitos alternos, cineclubs (algunos instalados en espacios culturales y otros más underground), en DVDs (originales o clones), en plataformas digitales (de cobro o gratuitas), etcétera; ya sea en pantallas grandes o no tan grandes como las de la TV o de cualquier otros dispositivo.

México ocupa el 4º lugar mundial en infraestructura de exhibición  y mercado cinematográfico, sin embrago los complejos de multisalas están concentrados en las capitales de los estados o centros comerciales, lo que da como resultado que sólo el 30% de la población en México tenga acceso a una sala de cine, o que se tengan que desplazar invirtiendo lapsos de tiempo y espacio largos (90% de los municipios del país no cuenta con un cine); lo que a su vez plantea el tema de la piratería ya no como un asunto de moral, sino como una forma de acceso a contenidos ante una exhibición cinematográfica casi exclusiva para un reducido sector de la población.

No es de extrañarse que el ir al cine se haya convertido así pues, en una actividad de consumo, una experiencia articulada a lo mercantil que implica no sólo ir a ver una película, sino comprar un combo (porque nos han vendido la idea que sin palomitas el cine no sabe), dar un paseo por la plaza comercial y quien sabe aprovechar alguna oferta que nos encontremos, salir de la función e ir a tomar algo, o de paso hacer el súper. Tampoco es que se tenga que ver de forma negativa o despectiva que los cines estén instalados en las plazas comerciales, pues al final de cuentas el centro comercial se vuelve un espacio público de calidad, seguro y de convivencia que quizá colonias o barrios periféricos no tienen.

Por fortuna en México, y Oaxaca,  hay una expansión de festivales de cine y cineclubs en donde los que mayormente están involucrados son los jóvenes, procurando la posibilidad de ver cine en pueblos, rancherías y otras lugares como cocheras, bibliotecas, escuelas, casas (hay un cineclub en la cd. de Oaxaca que proyecta en una carpintería: La Pantalla Diabólica) y demás espacios que retan el control sistemático de la industria de la exhibición acaparada por nuestro vecino EU (tan ceca de Hollywood y tan lejos de Dios); a veces con mucho esfuerzo y dificultades por lo que deben ser objeto de políticas públicas que garanticen la exhibición diversificada social y geográficamente, y que al ir a un múltiplex no esté la misma película en casi todas las salas, sino que haya un acceso a la cinematografía nacional que hoy en día produce más películas que la Época de Oro. No hay un divorcio entre el cine mexicano y su público sino el cine mexicano y sus exhibidores, pues el cine mexicano es diverso y aprendemos un poco más de nuestra diversidad viendo más cine mexicano; y por ende, las políticas públicas tendrían que abarcar productos audiovisuales y plataformas, no sólo el fenómeno cinematográfico.

Ana Rosas Mantecón menciona la Pedagogía de la alteridad: espacio donde aprendemos a estar con otros, aunado a tener que ver películas como parte del currículum escolar para aprender cine y a disfrutarlo viéndolo, y de paso conocer otras narrativas, otras realidades, otras historias. Hay que dar la batalla por las salas de cine emergentes e independientes (como OaxacaCine), aunque el campo de batalla se haya complejizado así como el campo del placer; aprender a negociar mejores condiciones para la exhibición cinematografía no sólo de lugar sino de contenido, pues al final de cuentas el cine también es un catalizador y formador de imaginarios, de identidad. Eso sin olvidar los derechos cinematográficos de las personas que no caminan o se desplazan de otra manera, la necesidad de rampas o accesos; o pensar en personas con deficiencia visual poder disfrutar de este derecho cultural.

Dar la batalla por el cine es no pensarlo sólo como como una forma de entretenimiento, que lo es, sino como una forma de sociabilidad donde está su potencial, para pensar las políticas públicas y también urbanas que apuesten por las salas de cine y espacios de exhibición como una forma de restaurar el tejido social, tan herido hoy en día, apostando por la convivencia y ejercer la urbanidad, estar juntos, aprender a estar juntos, y pensar el ir al cine como un derecho, un derecho de acceso a la cultura por el que vale la pena pelear.

Josué Cinéfago: El que tiene el hábito de comer y devorar cine.