Ciudades incluyentes y derecho a la misma

Mtro. Alejandro Hurtado Farfán

La percepción del ambiente es algo tan diferente para cada ser humano, dentro tenemos una serie de características que van desde lo económico, social, familiar, todas las experiencias vividas desde nuestra niñez. Tan pasivas o alocadas como una obra de Peter Kogler en las habitaciones del vértigo. Percibir el ambiente en las ciudades es toda una experiencia plena de gozos y sin sabores. Pero al final lo tenemos que hacer es obligatorio.

Una ciudad mal diseñada es excluyente, el espacio público y la arquitectura deben ser pensados para todos, no tenemos que pensar en espacios “especiales”.

“Igualdad y equidad son términos muy cercanos. Tanto que muchas veces se usan indistintamente. No obstante, este uso es incorrecto. Igualdad hace referencia al trato o las condiciones iguales para todos. La igualdad se trata de pedir o dar exactamente lo mismo a todas las personas, sean o no iguales. Esto muchas veces genera situaciones injustas para alguna de las partes involucradas. La equidad, por otra parte, busca que exista justicia dentro de la igualdad, por decirlo así. Por ejemplo, si se implementa la igualdad entre todos los componentes de una sociedad se estaría hablando de una sociedad injusta. Esto debido a que no se estarían tomando en cuenta las diferentes capacidades de cada uno de sus miembros. La equidad, por lo tanto, supone un trato desigual entre desiguales que garantice condiciones más justas para todos.”

La ciudad inclusiva promueve el crecimiento con equidad. En la ciudad inclusiva todos sus habitantes, independientemente de sus posibilidades económicas, género, raza, etnia o religión, se encuentran habilitados y facultados para aprovechar plenamente las oportunidades sociales, económicas y políticas que dicha urbe ofrece. La ciudad inclusiva garantiza, de una forma u otra, el derecho a la ciudad. Este derecho es interdependiente de todos los derechos reconocidos y concebidos integralmente, y por lo tanto incluye todos los derechos civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales, que ya están reglamentados en los tratados internacionales de derechos humanos. El derecho a la ciudad no es un derecho más; es la materialización en el espacio urbano de los derechos existentes. Es, como sugiere David Harvey, uno de los teóricos más reconocidos en este campo, una especie de “Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Ciudad”.

Racismo e ignorancia, son puntos medulares en la exclusión y discriminación, así mismo tenemos grupos vulnerables muy marcados que pareciera no tienen el derecho a la ciudad:

  • Discapacitados motrices y sensoriales
  • Comunidad LGTB
  • Adultos mayores
  • Gente en situación de calle
  • Comunidad indígena
  • Comunidad migrante

En el tema del racismo y la ignorancia en muchas ciudades latinoamericanas se hace presente, incluso con un tema de doble moral donde el visitante o migrante extranjero tiene una aceptación diferente dependiendo su nacionalidad, no es el mismo trato para un europeo que para un centro americano.

Somos muy ricos culturalmente con nuestros pueblos originales, pero la ola de complejos e ignorancia por ciertos grupos en las ciudades hacen de ellos comunidades vulnerables que no tienen el mismo derecho a la ciudad.

Uno de los principales problemas de los malos servicios públicos que tenemos, transporte, espacio público, y servicios en general, es el fenómeno de la no participación y exigencia de espacios de calidad. Es la domesticación, somos parte de una sociedad domesticada, donde la apatía es parte central del actuar de muchos ciudadanos. Los procesos de territorialización se dan en gran medida por esta actitud, las transformaciones urbanas son necesarias, pero de nosotros depende si ser espectadores de quien toma las decisiones, o involucrarnos y ser parte de los cambios para apropiarnos e integrarnos a los nuevos proyectos de estos espacios, sean nuevos, transformados, públicos o público – privados, donde exista un máximo de libertad acotada por normas elementales de convivencia.

La inclusión no llega sola se realiza y mantiene, los fenómenos de socialización están cambiando las nuevas tecnologías están construyendo una etapa diferente de comunicación, las redes sociales y el uso de dispositivos electrónicos y el cambio de paradigma social dentro de las familias están provocando que dicho cambio no sea del todo positivo. Ciertamente el fenómeno económico también es un detonador de desigualdad y equidad, la urbanización del territorio presenta calidad diferente en el mobiliario y equipamiento dependiendo la economía local de cada uno de estos asentamientos.

Una de las claves son Futuro y participación, y como dice Italo Rota:

Cada proyecto legado entre otras cosas a la energía toca el tema del futuro colectivo e individual de manera fuerte y obsesiva, caracterizando las protestas contra proyectos que se teme puedan tener efectos negativos en el territorio en el cual se realizarán, por ejemplo, las centrales eléctricas y similares. 

Proyectos complejos con muchas implicaciones que los ciudadanos comunes no alcanzan a comprender e individuar como elementos de interferencia en la estrecha relación entre lugar y futuro. Muy seguido los ciudadanos reconocen estos proyectos como necesarios, que pueden ser posibles, pero contemporáneamente no los aceptan en el propio territorio a causa de las eventuales contra indicaciones en el cambio sobre el ambiente local. La innovación, estar en grado de sugerir modelos de desarrollo adecuados a los temas de las diversas exigencias humanas y naturales en los cuales se tendrá que profundizar. De esta manera lograr ciudades incluyentes nos deben llevar a superarnos día a día, pero hablamos solo del diseño de proyectos urbanos incluyentes, ante todo tener una sociedad participativa, equitativa que comprenda y entienda que el bien colectivo esta primero que el individual.

Ir al cine

Josué Salvador Vásquez Arellanes

Creíamos que perdíamos el tiempo, y sin embargo el cine y las idas al ídem son para mi generación, el único nexo, la memoria común, la división de clases y la fuente de ilustración más poderosa que tuvimos.

– Jorge Ibargüengoitia

Ir al cine fue una charla que tuvo lugar el jueves 4 de abril en el marco del primer Foro Cinematográfico organizado por la Casa de la Ciudad, con el fin de vincular el cinecon la Arquitectura desde diversos puntos de vista. Uno de ellos fue abordarlo como espacio público y un ente urbano que va de la mano de los espectadores y claro, de las y los ciudadanos.

Para tal fin se expusieron algunos de los tópicos del libro Ir al cine: antropología de los públicos, la ciudad y las pantallas, de la investigadora Ana Rosas Mantecón, editado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y que en sus 313 páginas, expone cómo se ha modificado nuestra manera de ver del películas no sólo a partir de los avances tecnológicos, sino de las distintas formas en que habitamos el espacio urbano y que compartimos con los demás; todo en por lo menos un siglo de existencia del cine. Y es que hoy en día ¿qué es un cinéfilo? ¿El que va a la sala de cine o el que ve en el transporte público una película en su celular?

La Época de Oro del cine mexicano no sólo fue el boom de las películas nacionales, sino también el de un público muy diverso, donde ir al cine estaba en el cotidiano de los urbanitas, tanto que las salas de cine de la Ciudad de México son ya legendarias por su arquitectura como por el número de espectadores que llegaban a albergar, quienes al estar sentados los unos con los otros, muchas veces desconocidos, tuvieron que aprender a tolerar la diversidad. Catedrales de exhibición cinematográfica que hicieron del espacio público lugares laicos donde se veían películas  de manera cuasi religiosa, haciendo de la experiencia del cine una nueva sacralidad, y de la que sobrevive no sólo una memoria gráfica (folletos, carteles, revistas, fotografías), sino también un peso simbólico en la memoria individual y colectiva de quienes alguna vez hicieron fila, esperaron en el lobby y se sentaron en alguna luneta o palco de aquellos cines. 

Todas y todos tenemos una historia personal a través del cine, es una de las maneras en las que nos relacionamos con los otros y con la ciudad. Y no es que Netflix sea el enemigo del cine, sólo vino a reconfigurar la dinámica del público con la manera de acceder a las películas, algo que viene sucediendo desde la aparición de la TV en los 70´s, con el video en los 80´s y hoy en día con el internet y las plataformas digitales. Así que no hay una forma purista de ver cine, sino más bien el cinéfilo del siglo XXI tiene la posibilidad de convertirse en lo que yo llamo un Cinéfago(a): un consumidor omnívoro de contenidos audiovisuales nutrido por una dieta que conlleva poder ver películas en salas de cine comercial o circuitos alternos, cineclubs (algunos instalados en espacios culturales y otros más underground), en DVDs (originales o clones), en plataformas digitales (de cobro o gratuitas), etcétera; ya sea en pantallas grandes o no tan grandes como las de la TV o de cualquier otros dispositivo.

México ocupa el 4º lugar mundial en infraestructura de exhibición  y mercado cinematográfico, sin embrago los complejos de multisalas están concentrados en las capitales de los estados o centros comerciales, lo que da como resultado que sólo el 30% de la población en México tenga acceso a una sala de cine, o que se tengan que desplazar invirtiendo lapsos de tiempo y espacio largos (90% de los municipios del país no cuenta con un cine); lo que a su vez plantea el tema de la piratería ya no como un asunto de moral, sino como una forma de acceso a contenidos ante una exhibición cinematográfica casi exclusiva para un reducido sector de la población.

No es de extrañarse que el ir al cine se haya convertido así pues, en una actividad de consumo, una experiencia articulada a lo mercantil que implica no sólo ir a ver una película, sino comprar un combo (porque nos han vendido la idea que sin palomitas el cine no sabe), dar un paseo por la plaza comercial y quien sabe aprovechar alguna oferta que nos encontremos, salir de la función e ir a tomar algo, o de paso hacer el súper. Tampoco es que se tenga que ver de forma negativa o despectiva que los cines estén instalados en las plazas comerciales, pues al final de cuentas el centro comercial se vuelve un espacio público de calidad, seguro y de convivencia que quizá colonias o barrios periféricos no tienen.

Por fortuna en México, y Oaxaca,  hay una expansión de festivales de cine y cineclubs en donde los que mayormente están involucrados son los jóvenes, procurando la posibilidad de ver cine en pueblos, rancherías y otras lugares como cocheras, bibliotecas, escuelas, casas (hay un cineclub en la cd. de Oaxaca que proyecta en una carpintería: La Pantalla Diabólica) y demás espacios que retan el control sistemático de la industria de la exhibición acaparada por nuestro vecino EU (tan ceca de Hollywood y tan lejos de Dios); a veces con mucho esfuerzo y dificultades por lo que deben ser objeto de políticas públicas que garanticen la exhibición diversificada social y geográficamente, y que al ir a un múltiplex no esté la misma película en casi todas las salas, sino que haya un acceso a la cinematografía nacional que hoy en día produce más películas que la Época de Oro. No hay un divorcio entre el cine mexicano y su público sino el cine mexicano y sus exhibidores, pues el cine mexicano es diverso y aprendemos un poco más de nuestra diversidad viendo más cine mexicano; y por ende, las políticas públicas tendrían que abarcar productos audiovisuales y plataformas, no sólo el fenómeno cinematográfico.

Ana Rosas Mantecón menciona la Pedagogía de la alteridad: espacio donde aprendemos a estar con otros, aunado a tener que ver películas como parte del currículum escolar para aprender cine y a disfrutarlo viéndolo, y de paso conocer otras narrativas, otras realidades, otras historias. Hay que dar la batalla por las salas de cine emergentes e independientes (como OaxacaCine), aunque el campo de batalla se haya complejizado así como el campo del placer; aprender a negociar mejores condiciones para la exhibición cinematografía no sólo de lugar sino de contenido, pues al final de cuentas el cine también es un catalizador y formador de imaginarios, de identidad. Eso sin olvidar los derechos cinematográficos de las personas que no caminan o se desplazan de otra manera, la necesidad de rampas o accesos; o pensar en personas con deficiencia visual poder disfrutar de este derecho cultural.

Dar la batalla por el cine es no pensarlo sólo como como una forma de entretenimiento, que lo es, sino como una forma de sociabilidad donde está su potencial, para pensar las políticas públicas y también urbanas que apuesten por las salas de cine y espacios de exhibición como una forma de restaurar el tejido social, tan herido hoy en día, apostando por la convivencia y ejercer la urbanidad, estar juntos, aprender a estar juntos, y pensar el ir al cine como un derecho, un derecho de acceso a la cultura por el que vale la pena pelear.

Josué Cinéfago: El que tiene el hábito de comer y devorar cine.