Problemas pasajeros, soluciones permanentes

Sandra C. Fernández Cruz / Víctor M. Mendoza García

“La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada”.- Soren Kierkegaard

La realidad es siempre compleja y la vida contingente. Cada cierto tiempo, esto se revela con mayor o menor fuerza en sucesos de nuestra existencia. Pero ahora, que un acontecimiento extraordinario y tan visible como el que ocurre actualmente, halla trastocado situaciones regulares de la vida cotidiana, que las rutinas más simples se rompieran bruscamente y la idea de un futuro bien trazado se desvaneciera, ha dado paso a la incertidumbre. 

Al notar nuestra ciudad tan callada y las calles vacías, la primera impresión pudiera ser que “está muerta”. Pero nosotros consideramos que esto para nada es así, simplemente ahora su realidad es otra. Las situaciones extraordinarias brindan la oportunidad de experimentar lo extraordinario: descubrir sonidos a los que no habíamos prestado atención; experimentar nuevos ritmos de vida, nuevas rutinas, nuevas formas de percibir el entorno; mirar lo que no tenemos la oportunidad de observar en los lugares que habitamos, al estar lejos la mayor parte del tiempo.

Nunca había sido tan visible la relación que la ciudad tiene con la naturaleza. Hace 30 años se percibían claramente el sonido de las aves y el chillido de las ardillas en los parques. Podíamos observar un cielo claro y despejado. Nadie podía imaginar hace apenas unos meses, en medio del caos citadino y la contaminación urbana, que voleríamos a percibir esta realidad y que quienes nunca la vieron, hoy la estarían presenciando.

Esto, sin embargo y casi con toda seguridad, es pasajero. Pues alrededor del mundo se ha visto que en cuanto se levantan restricciones; la contaminación, el bullicio y el caos inmerso de lo urbano no tardan más de quince días en regresar. La vida vuelve a la normalidad y el desorden y contaminación se apoderan del espacio público.

Tal vez sea momento de replantear la relación entre lo natural y lo urbano. Tal vez sea momento de fijar el desarrollo de nuestros asentamientos humanos hacia un renacer mejorado que aproveche la oportunidad de cambio obligado. Ante lo inevitable de la fatalidad ¿Podríamos tomar la oportunidad de cambiar nuestra relación con el entorno? ¿Por qué no sentirnos parte de la tierra y no habitantes de ella? Tal vez, si cambiáramos nuestra manera de pensar y la forma de enfrentar los infortunios, lograríamos comprender que somos seres inmersivos y no pasajeros.

Como institución comprometida con el desarrollo sustentable y humano de nuestra ciudad, la Casa de la Ciudad insta a todos los tomadores de decisiones, academia, funcionarios públicos, sociedad civil en general y demás interesados en el tema urbano a plantear una nueva relación simbiótica con lo natural. Tal y como menciona Andrés Duany: “el entorno construido debe de colocarse en un contexto de entorno natural para que se entienda como un continuo y no como algo completamente separado”. Sin sugerir que lo urbano es malo, proponemos simplemente mediar entre él y la naturaleza. Pues, así como “la naturaleza en su forma pura tiene diversidad natural, y lo urbano tiene diversidad cultural y social… la moneda común es la diversidad”.

Finalmente, nos pronunciamos a favor de todas aquellas acciones que regresen la vitalidad a nuestras ciudades y a nuestra gente. Como ejemplo, proyectos como las ciclovías temporales de la Ciudad de México nos dan una nueva esperanza, pues al estar a favor de una movilidad activa que se adapte y tome como oportunidad la contingencia para mejorar un regreso a la nueva normalidad, serán bienvenidos a nuestra ciudad.

No busquemos que las políticas implementadas durante este periodo sean temporales, sino permanentes, recordemos que esto que estamos viviendo es pasajero, pero lo que hagamos para el beneficio de nuestra humanidad y nuestras ciudades, será permanente